Periodista: José Adán Castelar
La preciosa urbe de Xiamen está en la costa de China Oriental. Sus grandes rascacielos y autopistas no entorpecen la cantidad de parques y áreas verdes que le dan el título de “Ciudad jardín del mar”. Desde sus playas se ve una pequeña isla que curiosamente controla Taiwán, que a su vez se encuentra a solo 130 kilómetros del continente.
A pesar de los siglos que carga, Xiamen es moderna, turística, alegre y limpia; está en la provincia de Fujian, una de las más pequeñas de China, sin embargo, es más grande que Honduras, y su PIB supera al de Chile y casi alcanza a Países Bajos, y es muy superior -por supuesto- a Uruguay, Costa Rica, Panamá y nuestra demacrada economía.
Casi el 90 por ciento de los taiwaneses tienen sus raíces en Fujian, luego de las grandes emigraciones en los siglos XVII al XIX. Más tarde, entre 1948 y 1950, llegó la oleada de Chiang Kai-shek, el militar que perdió la guerra civil frente al Partido Comunista en 1949. Esto creó en la isla una división poblacional que aún se percibe.
Los recién llegados, miembros del derrotado Partido Kuomintang (KTM), eran una élite política, judicial y militar, se impusieron de inmediato y moldearon al Taiwán que conocemos hoy, enemigo de la parte continental. Durante 40 años impusieron la ley marcial, conocida como “Terror blanco” y, aún siendo minoría, controlan el Estado, incluidas las Fuerzas Armadas.
Su gran soporte ha sido Estados Unidos -cuándo no- que durante la Guerra Fría y para controlar el Pacífico y su comercio, entregó miles de millones de dólares y armas a Chiang Kai-shek, para consolidar su dictadura. Pero en los años 70, Washington cambió de postura, cortó a Taiwán y abrió relaciones con Beijing; aunque mantiene el suministro de arsenal a la isla y obliga a paisitos como el nuestro a mantener la relación.
Lo que sigue es conocido: el gobierno anterior cortó a Taiwán y abrió relaciones diplomáticas con Beijing, siguiendo la tendencia mundial y la lógica: la ONU y 183 países reconocen el principio de una sola China, la Declaración de El Cairo de 1943 y la de Potsdam de 1945, que devuelven la isla taiwanesa y la de Pescadores a China.
Pero los taiwaneses no paran, mantienen una férrea campaña en medios y redes, confiando que es fácil manipular al hondureño con “analistas” y desinformación. Mintieron hasta que estaban en conversaciones con el gobierno para volver. La propia canciller, Mireya Agüero, los desenmascaró y aclaró que se mantienen los vínculos con China, porque las relaciones entre países no se basan en nostalgias y afectos, sino en pragmatismo. Más claro imposible.
Ningún país del mundo ha cortado relaciones con China para volver con Taiwán. Con solo informarse un poquito se sabe que romper con la segunda economía del mundo es insensato, aparte de que aislaría al país, también renunciaría a proyectos clave de infraestructura, conectividad y una cooperación que solo una superpotencia puede sostener.